De la épica de 300, pasando por la sobriedad y el efectismo de Sin City, Hollywood no sólo ha puesto su mirada en el universo narrativo del cómic, sino que reinventa cuestiones formales, como un mecanismo no sólo de adaptación, sino de puro marketing. La personalidad del dibujante se convierte entonces en una seña de identidad de la película, equiparado al propio argumento. Más que ir a ver una historia (en los dos casos anteriores, completamente desnudas de cualquier alarde narrativo) el espectador va a ver una perpetuta viñeta en movimiento, en un lenguaje que, incluso dentro de los propios criterios del cine, es efectivo y coherente.
Era inevitable que la genial obra del dúo Niles - Templesmith llegase a las pantallas. La furia y la perpetua monstruosidad de las viñetas de Templesmith encuentran perfecto acomodo en una puesta en escena compleja, pero efectiva. Los vampiros, pese a que algún despistado pueda tomárselos a risa, reflejan fielmente la potencia descompuesta que Templesmith (como buen heredero de Bill Sienkiewicz) imprime en todo momento. La película se hace eco de esa permanente intranquilidad, incluso cuando bucea en las miradas de los protagonistas. Porque en esencia, la historia nos habla del hombre contra el propio hombre. Del vampiro como un virus que se introduce en el pequeño (y pacífico) pueblo de Barrow, para destruirlo(s).
"¿Por qué coño vives en este pueblo?"
La mirada de David Slade acierta al entender que la brillante narración de Steve Niles no es un mero relato de comunidad siendo atacada. Es un relato sobre la barbarie entrando en nuestros corazones. Como le sucede a Eben (un siempre genial Josh Hartnett), destinado a ser el ejectuor de sus propios compañeros, el virus se introduce en los corazones más nobles, generando la imposibilidad de mirar al futuro. 30 days of night es una gran película, un western en la nieve terriblemente pesimista y que nos avisa de que cuando el mal entra en nuestras casas, el sacrificio es el único camino para que vuelva a salir el sol.

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