Hace dos días, mientras Elena usaba el apartamento para grabar un ejercicio de la academia, decidí volver al cine. Por suerte, en este país, acercarse al centro a ver una película es un ejercicio altamente placentero: fácil aparcamiento (aunque como veréis en la foto, a ciertas horas es bastante siniestro), pocas colas y un ambiente agradable. En este momento debería explicaros que mis costumbres al ir al cine son extrañas. Desde hace tiempo que me gusta, no solo ir sin compañía a una actividad que muchos consideran grupal, sino bucear en las sesiones que podemos denominar "de la Siesta", con ese. La sensación de soledad es brutal, y lo convierte en una actividad cercana al onanismo. Si no lo habéis probado, os recomiendo una sesión de cine en soledad. Tú y la pantalla... nada más. El caso es que cuando llegué a Estados Unidos, lo primero que hice fue ver la cartelera (defecto profesional) y los horarios me llamaron agradablemente la atención. No sólo se anicipaba la primera sesión a las 2 (Dios gracias), sino que además ofrecen un estupendo Matinee 2$ más barato de lo normal.
Ese fue mi primer contacto con la magistral "Eastern Promises". Pronúnciese Istern Promesis y no como un servidor que quedó como un auténtico catetazo diciendo Istern Promaises. Pero la segunda vez que fui al cine, como comentaba, fue una de las sesiones de las 9.25PM, lo que en España equivaldría a las 11PM por lo menos. Es la que podemos llamar la sesión "de la Fiesta", con efe. Hacía años que no iba a una sesión de estas ni siquiera en mi santo país, y pese a ser lunes, la juventud de agolpaba por parejas (de sexo alterno), o por grupos (de sexo idéntico). Pues bien, quiso la suerte que un buen mexicano de botazas y actitud de "voy-al-cine-por-mis-colegas-pero-a-mi-me-la-trae-floja"se sentara a mi izquierda. Y a mi derecha quiso el destino que un orondo americano, junto a su americana pareja, se sentara a degustar un sabroso plato de nachos. Pensaba que las palomitas eran el colmo de la alimentación, pero el hermoso pack que mi nariz no dejaba de olfatear rompía por completo cualquier norma. Miraba a mi alrededor y no observé la clásica mirada de reprimenda (de esa que ponemos para que los demás desistan de su actitud, pero que en el fondo no valen nada). Pero lo único que veía era indiferencia. La película comenzó y el papeo del buen señor iba en aumento. Un nacho. Salsa. A la boca. Otro nacho. Salsa. Salsa al pantalón. A la boca. Es uno de esos momentos que en España me habrían irritado, pero que aquí me sabían a gloria. Esto es ir al cine. Algo que el mismísimo Godard habría aceptado. Que le den a la película. Yo he pagado por unos nachos con entretenimiento. Y por suerte, yo tuve doble entretenimiento. Por cierto, la película era "Resident Evil: Extinction" y os juro que me gustó. Por desgracia ahora siempre pienso: "¿A qué huelen los zombies? A nachos".

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