martes, 16 de octubre de 2007

Enamorado de Mulholland Dr.

Ayer fue un buen día. Por fin me aventuré a dar una vuelta por los puntos que tenía pensado de Los Angeles: visitar el cementerio Forest Lawn en Glendale (donde están enterrados Humphrey Bogart o Sammy Davis Jr.), dar un paseo por Hollywood Boulevard y observar todo Los Ángeles desde el mirador de Mulholland Drive. Sin duda, esta última se llevó la palma (del resto hablaré otro día). No es sólo por la mítica que encierra la película de David Lynch, sino por el descubrimiento de lo que es realmente. Era un día nublado, con esa continúa sensación de que está a punto de llover tan seductora. El cielo estaba muy cubierto, y una espesa niebla ocultaba las partes más altas de las colinas. Con este ambiente, me aventuré por la serpenteante carretera de Mulholland. Las casas, sobre planos completamente inclinados, invitan más a pensar en un barrio obrero que en el lujo de la película. Pero hay algo especial. Es como una aldea, completamente separada del tumulto de la ciudad, a pocos minutos de allí. Una vez llegas al mirador, las vistas que tienes de Los Ángeles te dejan alucinado durante varios minutos.

IMGP2724

Tras un rato, me percato de la cantidad de gente que acude hacia allí. Varios coches se detienen cerca de donde he aparcado, y a todos les une una característica: todos salen acompañados por un perro. Y es que, Mulholland Drive, es también el cagadero ideal para los que tienen perro. Es entonces cuando descubrí la parte más maravillosa de Mulholland. Dos sendas conducían, no ladera abajo, sino por los laterales de la colina, internándose una en un bosquecillo y la otra por un camino abierto al valle. Una (la del bosque), era verde y misteriosa, como el camino de un cuento de hadas, en el que siempre está presente lo siniestro.

                     IMGP2753

La otra senda, más abierta, bordeaba la montaña a los largo de 0,7 millas, que no tuve tiempo de recorrer. Y de fondo, en ambas, un denominador común: el silencio. Un silencio que se rompía momentáneamente por el canto de un pájaro, o el movimiento de un animal entre los setos. Un lugar mágico y hermoso, donde respirar aire realmente puro, en la ciudad de los coches. Y para mí, una sorpresa y una invitación a regresar a Mulholland Drive. Puede que con una peluca rubia.

No hay comentarios: